Contagiarse de COVID-19 en tiempos de pandemia
El día 17 de marzo, la pantalla del termómetro digital anunciaba que Enrique y sus padres tenían fiebre. 4 días después de que en España entrara en vigor el estado de alarma nacional, la familia mostraba los primeros síntomas de infección causados por el COVID-19.
“Llamamos al 061 para evitar saturar las líneas de emergencia y las entradas de los hospitales, tal y como pedían las autoridades sanitarias, pero también esta línea estaba completamente colapsada.
Al no recibir respuesta llamamos a nuestro ambulatorio. Tomaron nota de los síntomas y, a pesar de que nos atendieron personas distintas, las respuesta fue la misma para los tres. No tenían prácticamente ninguna duda de que estábamos infectados por el coronavirus.

Nos dijeron, también a los tres, que nos harían un seguimiento telefónico. Pero a mi nadie me volvió a llamar hasta el 13 de abril. Ese día me preguntaron como me encontraba y como había ido evolucionando, y al final, a pesar de no haberme realizado ninguna prueba, afirmaron que por sintomatología y duración, estaba infectado por el COVID-19.
Por suerte a mi madre si que la llamaron de manera periódica, cada tres o cuatro días, y como los síntomas que teníamos eran muy parecidos y su evolución en el tiempo era prácticamente paralela, fuimos siguiendo las mismas indicaciones y tomando las mismas medicaciones.
Después de la fiebre inicial llegó el malestar estomacal. Primero los vómitos, luego la disentería. Acto seguido perdimos el olfato. Tiraba colonia al aire, me caía en la cabeza y era incapaz de olerla, sentía como si me cayese agua. Después llegaron la tos, la secreción nasal y la sensación de ahogo.
Sensación que a día de hoy todavía siento. De hecho ahora mismo, hablando rápido, me estoy ahogando un poco.
La semana del 17 de marzo y la siguiente fueron las peores a nivel nacional. El número de fallecidos aumentaba diariamente, los hospitales se saturaban y faltaban respiradores, mascarillas y camas hospitalarias.

Para mí, lo peor de todo era la incertidumbre del porvenir y el miedo a lo que podía pasar. No sabíamos como evolucionaría la enfermedad. Todo lo que veíamos en los medios de comunicación y en las redes sociales era malo; moría tanto gente joven como gente mayor por insuficiencia respiratoria, y llegar al hospital ya no era garantía de vida debido a la falta de material.
Cada noche me iba a dormir pensando en como me encontraría mañana. No sabía si estar mejor hoy significaba que me estaba curando. Pero lo que de verdad me quitaba el sueño era la preocupación por mi familia. Mi madre tenía los mismos síntomas que yo, algo más graves, y mi padre fiebre alta. Me aterrorizaba pensar en como se encontrarían mañana y si llegaríamos a necesitar asistencia hospitalaria.
Sentía mucho miedo por lo que podía venir”.
El mismo día en que Enrique me explicaba su historia, su madre había ido al hospital por petición de la doctora. Todavía tenía sensación de ahogo, y parecía que ya habían esperado suficiente para realizarle las pruebas.
La derivaron al hospital Sant Pau de Barcelona y tras un día entero de pruebas médicas, le confirmaron lo que prácticamente todos daban por sentado: estaba infectada por el COVID-19.
Los síntomas no eran lo suficientemente graves para ingresarla, pero le cambiaron la medicación y le pidieron que si había cualquier cambio les avisara.
Tras escuchar su historia no pude evitar preguntarle cómo se había sentido al no recibir la atención médica que le habían anunciado por teléfono y al haber sido diagnosticado sin ninguna prueba médica de por medio.
“Me siento orgulloso del trabajo que están realizando los sanitarios. En ningún momento me sentí desatendido. Simplemente entendí que me tocaba hacer un acto de responsabilidad como ciudadano porque había otras prioridades. Consideraba que no merecía ser atendido en un momento en el que había gente en un estado mucho más grave que el mío”.

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