«Hago teletrabajo por primera vez, quería desde hace tiempo y las circunstancias han habilitado el poder hacerlo.
Creo que un poco gracias a esto, se ha facilitado el poder implementar este sistema de trabajo, que aquí en España estamos un poco atrasados con esto.
¿El mundo es nuestro?
Estamos privados de nuestra libertad. Aquí menos mal que compartimos piso y podemos relacionarnos pero la gente que está viviendo sola, tiene que ser complicado.
John Iglesias
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Alberto Edjogo-Owono vuelve comentarista en Gol Televisión. Después una carrera futbolística en los clubes de España y Guinea Ecuatorial. En 2019, publicó un libro titulado Indomable que califica de “anhelos de libertad, el poder dar ronda suelta”. Nos revela cómo el fútbol impacta en África.
Los colores del libro tienen una significación como lo explica el escritor: “El verde es el color del orgullo, de donde vengo y de la pertenencia a un territorio. El rojo coincide con la sangre, la liberación, la exposición a depredadores y los occidentales. El amarillo es el futuro y la esperanza. Con la idea de que cuando la mano deja la pelota, vuelve a su forma original».
«El fútbol es una manantial de valores, vertebrador y integrador. No importa de dónde vienes, tienes la capacidad a integrarte. Quien tiene la pelota, toma las decisiones, es una democracia absoluta y una meritocracia. Los africanos están orgullosos y contentos de ver a un futbolista exitoso, todos lo aman.
La clave para un buen equipo es el hambre. En África, falta voluntad ya que viven en un contexto difícil. Los jugadores carecen de coordinación, estrategia, técnicas y organización. El campo se llena a las 4 en punto de la tarde aunque no hay nadie la mañana. ¿Cómo lleva un equipo en una selección sin dinero para pagar el transporte? Algunos hacen Crownfunding [colección de dinero]. Racismo, homofobia, xenofobia, machismo… No hay reglas, todos están insultados, incluso en el terreno. En el fútbol femenino, sus equipos son potentes en Camerún y Sudáfrica, pero no tienen la misma oportunidad, debemos dar turno.
El fútbol es una amnesia a los problemas y sigue siendo necesario para focalizar la gente a estar productivo en el trabajo. Como Mandela usó el futbol para romper con la esclavitud, intentar que hablamos e integrarnos al mundo”.
Alberto Edjogo-Owono
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El día 17 de marzo, la pantalla del termómetro digital anunciaba que Enrique y sus padres tenían fiebre. 4 días después de que en España entrara en vigor el estado de alarma nacional, la familia mostraba los primeros síntomas de infección causados por el COVID-19.
“Llamamos al 061 para evitar saturar las líneas de emergencia y las entradas de los hospitales, tal y como pedían las autoridades sanitarias, pero también esta línea estaba completamente colapsada.
Al no recibir respuesta llamamos a nuestro ambulatorio. Tomaron nota de los síntomas y, a pesar de que nos atendieron personas distintas, las respuesta fue la misma para los tres. No tenían prácticamente ninguna duda de que estábamos infectados por el coronavirus.
COVID-19, el nuevo cornavirus que apareció en la China a finales de diciembre.
Nos dijeron, también a los tres, que nos harían un seguimiento telefónico. Pero a mi nadie me volvió a llamar hasta el 13 de abril. Ese día me preguntaron como me encontraba y como había ido evolucionando, y al final, a pesar de no haberme realizado ninguna prueba, afirmaron que por sintomatología y duración, estaba infectado por el COVID-19.
Por suerte a mi madre si que la llamaron de manera periódica, cada tres o cuatro días, y como los síntomas que teníamos eran muy parecidos y su evolución en el tiempo era prácticamente paralela, fuimos siguiendo las mismas indicaciones y tomando las mismas medicaciones.
Después de la fiebre inicial llegó el malestar estomacal. Primero los vómitos, luego la disentería. Acto seguido perdimos el olfato. Tiraba colonia al aire, me caía en la cabeza y era incapaz de olerla, sentía como si me cayese agua. Después llegaron la tos, la secreción nasal y la sensación de ahogo.
Sensación que a día de hoy todavía siento. De hecho ahora mismo, hablando rápido, me estoy ahogando un poco.
La semana del 17 de marzo y la siguiente fueron las peores a nivel nacional. El número de fallecidos aumentaba diariamente, los hospitales se saturaban y faltaban respiradores, mascarillas y camas hospitalarias.
El 28 de marzo se registraron en España 72.248 nuevos casos, 5.690 muertes y 12.285 curados.
Para mí, lo peor de todo era la incertidumbre del porvenir y el miedo a lo que podía pasar. No sabíamos como evolucionaría la enfermedad. Todo lo que veíamos en los medios de comunicación y en las redes sociales era malo; moría tanto gente joven como gente mayor por insuficiencia respiratoria, y llegar al hospital ya no era garantía de vida debido a la falta de material.
Cada noche me iba a dormir pensando en como me encontraría mañana. No sabía si estar mejor hoy significaba que me estaba curando. Pero lo que de verdad me quitaba el sueño era la preocupación por mi familia. Mi madre tenía los mismos síntomas que yo, algo más graves, y mi padre fiebre alta. Me aterrorizaba pensar en como se encontrarían mañana y si llegaríamos a necesitar asistencia hospitalaria.
Sentía mucho miedo por lo que podía venir”.
El mismo día en que Enrique me explicaba su historia, su madre había ido al hospital por petición de la doctora. Todavía tenía sensación de ahogo, y parecía que ya habían esperado suficiente para realizarle las pruebas.
La derivaron al hospital Sant Pau de Barcelona y tras un día entero de pruebas médicas, le confirmaron lo que prácticamente todos daban por sentado: estaba infectada por el COVID-19.
Los síntomas no eran lo suficientemente graves para ingresarla, pero le cambiaron la medicación y le pidieron que si había cualquier cambio les avisara.
Tras escuchar su historia no pude evitar preguntarle cómo se había sentido al no recibir la atención médica que le habían anunciado por teléfono y al haber sido diagnosticado sin ninguna prueba médica de por medio.
“Me siento orgulloso del trabajo que están realizando los sanitarios. En ningún momento me sentí desatendido. Simplemente entendí que me tocaba hacer un acto de responsabilidad como ciudadano porque había otras prioridades. Consideraba que no merecía ser atendido en un momento en el que había gente en un estado mucho más grave que el mío”.
«Me siento orgulloso del trabajo que están realizando los sanitarios».
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No solo los sanitarios combaten contra el coronavirus
Desde hace poco menos de un mes ya no pueden, no les dejan, pero por esta avenida pasean miles de turistas diariamente. Suben, todos ellos, como auténticas manadas que inician grandes migraciones. Lo hacen desde Plaza España: algunos paran en las fuentes, se toman fotos, sonríen, repiten y siguen; la mayoría termina llegando al final de la postal, el palacio que alberga el Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC); Otros, ya menos, siguen su travesía por los jardines botánicos, el pueblo español y terminan conquistando lo alto de la colina. Allí el Palau Sant Jordi y el castillo que da nombre a la montaña dominan la ciudad.
Al mismo tiempo, otros miles – la cantidad varía según las fechas – esperan justo al principio del recorrido a que las puertas abran. Cuatro grandes pabellones acogen un sinfín de ferias y eventos cada año. Con el amanecer salen de ellos los últimos obreros y técnicos que han dejado todo a punto.
Hombres – en su mayoría – trajeados; acreditados; equipados; irrumpen desde primera hora de la mañana por esas puertas, se reúnen con otros hombres, llegan a acuerdos, cierran contratos, firman papeles, ofrecen conferencias. Hacen, en definitiva, negocio.
Hoy la Fira de Barcelona es un desierto. El coronavirus ha dejado un escenario solitario, extraño, frío. Los únicos que aún caminan por aquí no son turistas ni empresarios, son obreros. Ellos están haciendo posible la transformación de un lugar de negocios a un hospital de campaña con capacidad para 250 pacientes por pabellón.
David Fernández es uno de ellos. Como a tantos otros, la pandemia no ha afectado a la salud de su familia, pero sí a su trabajo. Su empresa le ha aplicado un Expediente de Regulación Temporal de Empleo (ERTE) y hasta que la situación no vuelva a la normalidad, pasa los días en la montaña cuidando su huerto. Unos días antes, le llamaron para construir un hospital de campaña dedicado a los pacientes contagiados por el virus covid-19.
Uno de los cuatro pabellones de la Fira de Barcelona rehabilitados como hospital de campaña
“Todo va muy rápido aquí, nos tenemos que dar prisa. Yo estaba en otra obra, pero mi jefe me llamó para comentarme que estaban planeando construir pequeños hospitales temporales para reducir el volumen de otros más grandes que no dan abasto.
Las jornadas son intensas, la gente se ha quedado haciendo muchas horas cada día para poder tener el hospital listo lo antes posible. Nos repartimos en tres turnos, a mí me ha tocado ir de tardes. Es un tipo de obra totalmente nueva para mí, normalmente me dedico a construir edificios o arreglar calles, pero la situación nos ha cogido a todos de improviso.
Cuando me llamaron no tardé en responder, es un orgullo poder participar de este proyecto. No somos sanitarios pero de algún modo también estamos ayudando a que la gente se mejore y pueda recuperarse del virus. En estos momentos hay que ser solidarios porque el coronavirus es una ruleta rusa, en cualquier momento puede tocarnos a nosotros. Por suerte, mi familia y yo estamos sanos pero a cualquiera le gustaría disponer de los mejores recursos si uno cae enfermo.
250 camas esperan a ser ocupadas en los próximos días por pacientes contagiados de covid-19
Al principio me dio mucho respeto entrar a los pabellones. Impresiona trabajar en estos tiempos por el riesgo de contagio y en cierto modo por el tipo de proyecto que estás haciendo. Sale fuera de lo rutinario, es algo diferente. Sabes que se trata de algo histórico, que en unos días aquí habrá cientos de pacientes que están sufriendo. Es una responsabilidad y quieres que todo esté perfecto”.
Las habitaciones ya están terminadas, solo quedan por ultimar algunos detalles como colocar las lámparas y algún que otro colchón. Cientos de mamparas separan las habitaciones compuestas por una cama y una silla. Dentro de poco, por estos pasillos pasearán tensos, nerviosos, decenas de médicos y enfermeros esperando poder terminar cuanto antes con esta epidemia que a día de hoy se ha cobrado la vida de 15.843 personas en España. Una espera agónica por que llegue el momento en que desaparezcan de este espacio los trajes de protección individual (EPIs) y vuelvan las ferias, el bullicio, el tránsito, la vida.
David Fernández
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El día a día del confinamiento por Covid-19 en Barcelona
«A las personas que tenemos problemas pulmonares nos puede afectar mucho. Yo sí me lo tomo muy enserio y me da bastante miedo coger la enfermedad.»
«Estaba lleno al Supermercado y vi a una señora que en vez de una mascarilla, tenía una toalla sanitaria en la boca. Ahí es cuando uno se da cuenta de que la gente va llegar a extremos para no contagiarse.
La escasez de mascarillas son un peligro para la gente en riesgo.
Creo que es un desafío. Creo que al final todo el mundo va a aprender mucho de esto y tal vez hasta el gobierno va a aprender a poner el dinero donde toca y no en el ejército. Sino en educación y sanidad.»
La Via Laietana, 8.000 años preservando la historia de Barcelona
“Cada tarde del verano del 68, salíamos a pasear con mi abuelo por Barcelona. Recuerdo una de ellas con un cariño muy especial. Tras pasear por las estrechas y oscuras calles que hay entre Plaza Catalunya y el barrio Gótico, llegamos a la Via Laietana, y le pregunté a mi abuelo: ¿aquí se acaba el casco antiguo de Barcelona? Él me sonrió, y me respondió que no. ¿Y porqué hay una calle tan ancha aquí en medio? Porque un día decidieron abrirla. No le di más vueltas, pero aquella calle ancha y limpia en medio del pequeño caos que reinaba en las callejuelas que la rodeaban, sembró en mi una gran curiosidad. Crecí. Leí. Me licencié en arquitectura.
Licenciado en arquitectura por la Universidad Politécnica de Catalunya
Y a día de hoy puedo completar esta historia personal con la de la calle que conecta el casco antiguo de Barcelona con el Eixample en un extremo y con el mar en el otro. Su nombre hace honor a los Laietanos, los primeros moradores que habitaron la ciudad hace 8.000 años. Durante el destacado paso de los romanos, la entonces denominada Barcino fue creciendo poco a poco. Hasta que en el siglo XVIII, debido al exponencial aumento de la población, surgió la necesidad de crecer por fuera de las murallas que la delimitaban. El reconocido urbanista catalán Ildefons Cerdà, ideó una propuesta de crecimiento reticular. Solamente una calle, Pau Claris, que cambia su nombre en la Ciutat Vella por Via Laietana, se extendió a través del casco antiguo, abriéndose un espacio urbano de 900m de largo por 80m de ancho. Se derribaron un total de 2.200 viviendas y 85 calles.
Via Laietana, 1913. Fuente: Barcelona Desconeguda, Editorial Efadós.
Para las nuevas edificaciones se buscó inspiración en grandes ciudades como Nueva York y en estilos arquitectónicos como el de la escuela de Chicago. La apertura de la Via Laietana permitió la entrada del sol, la mejora de las condiciones higiénicas de sus habitantes y del sistema de transporte de las mercancías gracias a su conexión directa con el puerto. Supuso la construcción de un eje de negocios y edificios significativos, como el Palau de la Música, joya del modernismo catalán, que contribuyeron a la proyección internacional de la ciudad. Además, se preservó el patrimonio histórico afectado. Este fue uno de los primeros cambios que permitió pasar de la industrial y agrícola Barcelona del s.XVIII a la actual ciudad cosmopolita y de referencia del S.XXI”.
Safari en África: cuando el juego se vuelve sangriento
Dani Serralta, fundador de Ankawa Safari Ltd., nos moviliza para luchar contra la extinción de animales en África, reduciendo la caza, que él define como “crimen”.
Explica que los cazadores que buscan cuernos de rinoceronte y elefante los desfiguran dejando el animal agonizado. Esto les permite venderlos a países asiáticos como China, Vietnam y Tailandia, que son grandes consumidores en la medicina tradicional. Además, los artistas usan estos cuernos para hacerlos objetos de arte excepcionales como piano, escultura o colgante.
Búfalos, leones y elefantes son los animales más populares para la caza deportiva y furtiva. Frente a esta tendencia lucrativa, las agencias de safari se apoderan del mercado especializándose en esta área. Entonces, es muy simple encontrar fotos de turistas en Internet, que están frente al animal asesinado como trofeo. Se muestra como un pasatiempo. En 2015, los españoles fueron los segundos cazadores, después los Estados Unidos.
Con estos problemas, no existen tantos animales en libertad, sino cautivos para protegerlos. Según Dani Serralta, debemos desarrollar «la educación en Asia, una política estricta, la cooperación entre el sistema de justicia y la policía, los acuerdos internacionales y las campañas de prevención». Agrega que las personas involucradas en esta lucha pueden provenir de diferentes carreras, como celebridades, científicos y especialmente voluntarios como nosotros.
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“En un instante pasé de estar trabajando tranquilamente en mi laboratorio a luchar en primera línea frente al coronavirus. Hasta ese día me dedicaba a tratar muestras en el departamento de anatomía patológica del Hospital Clínic de Barcelona. El volumen de trabajo había descendido considerablemente ya que apenas había operaciones ni consultas.
Entonces nos ofrecieron la posibilidad de ayudar al servicio de microbiología, medio colapsado por la avalancha de diagnósticos de covid-19. Algunas compañeras y yo aceptamos, queríamos colaborar. Al día siguiente nos comunicaron que había habido un cambio de decisión, nos trasladaban al departamento de riesgos laborales. A partir de ese momento recogeríamos muestras a todos los sanitarios que mostrasen síntomas. Ese mismo día nos hicieron una breve formación para aprender a colocarnos los equipos de protección.
Retrato de Gemma con el equipo de protección individual (EPI)
Salimos asustadas, desconcertadas. Teníamos miedo, a duras penas sabíamos que hacer, ahora estábamos frente a frente con el virus. La sensación de inseguridad era palpable en todo el hospital, de hecho, en el momento en que explico esto sigue siendo así y cada día crece el número de muertes y contagios. Recuerdo caminar por los pasillos de la tercera planta, repletos de camillas a ambos lados. Mi jefa me decía que eran para transportar a pacientes de un departamento a otro, lo que no me llegó a comentar es que seguramente era para trasladar a los fallecidos a la morgue.
A pesar de todo me sentía aliviada. A mi lado tenía la ayuda de una enfermera que no paró de ayudarme en todo momento y las pruebas tenía que realizarlas a sanitarios, eso me daba algo de seguridad. Podía haberme tocado algo peor. Llevaba dieciséis muestras hasta el momento cuando un chico al que le estaba realizando la prueba nasal me estornudó encima. En ese momento nos miramos y yo no podía disimular mi enfado. Se supone que ellos conocen mejor que nadie los protocolos y aquel chico me había puesto en riesgo con un simple estornudo. Se disculpó, aunque eso no consiguió relajarme.
Muestras de posibles contagiados por covid-19 en el Hospital Clínic de Barcelona. (Gemma Sauch)
La rabia y la frustración son otros de los sentimientos que más se repiten por aquí. La falta de material es el mayor problema sin duda. No me imagino a un soldado yendo a la guerra sin ningún tipo de armadura. Reciclamos mascarillas y trajes de protección pero es un peligro. Cuando llega una remesa de material se vive con auténtica alegría. Igual que el apoyo de la gente. Las personas se están dando cuenta del valor de nuestra profesión y me siento orgullosa cuando escucho que en cada rincón de mi ciudad se nos aplaude. Aun así, no puedo dejar de pensar que cuando esta crisis haya finalizado, volveremos a la misma situación precaria en la que estábamos antes porque eso depende de decisiones políticas. De momento, solo pienso en el presente.”
Gemma Sauch
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