“Teníamos miedo, nos imaginábamos una Barcelona apocalíptica”.

Viajar en tiempos de coronavirus

Ariadna Grau

Ariadna Grau y su pareja, Ferran, emprendieron un viaje por América Latina el 14 de diciembre de 2019 tras cuatro meses de Erasmus en Buenos Aires. No tenían fecha de regreso a Barcelona hasta que el Covid-19 les obligó a regresar a casa.

“Salimos de Buenos Aires, con la mochila en la espalda, y nos dirigimos a Bolivia. Viajamos por Uyuni, Potosí, Sucre, Torotoro , la Paz y Copacabana. Después fuimos a Perú y nos dejamos maravillar por el Machu Picchu, paseamos por las calles de Lima y empezamos un voluntariado en Chincha, un pueblo a tres horas en coche de la capital. Tras dos semanas, empezamos a viajar por la zona.

Ariadna Grau en la Laguna Colorada en Uyuni, Bolívia

Estábamos en Huancavelica, prácticamente incomunicados, cuando nos informaron de que la situación por el Covid-19 se estaba agravando en muchos países, especialmente en España. Nos llamaron los responsables del voluntariado y nos pidieron que, rápido, regresáramos a su casa. Nos encontrábamos a ocho horas en coche de Chincha y el transporte que llega hasta esta región del Perú es muy escaso. Todo apuntaba a que se prohibiría la libre circulación en todo el país un margen de dos días, por lo que si nos quedábamos allí perderíamos la posibilidad de ir al aeropuerto de Lima y regresar a Barcelona.

Decidimos que al día siguiente, cogeríamos un coche y haríamos el viaje de ocho horas seguido. Aquella noche tuvimos muchos problemas por encontrar alojamiento. Cuando en nuestro pasaporte veían que éramos españoles, se negaban a ofrecernos habitaciones por miedo a contagiarse por el virus. Les daba igual que lleváramos ocho meses viviendo en América Latina.

Las autoridades de Perú reaccionaron muy rápido. Con solo dos infectados registrados, el 15 de marzo cerraron fronteras e instauraron el toque de queda en todo el país. Solo se podía salir a la calle de 5 de la mañana a 6 de la tarde y en caso de saltárselo la pena era de una noche en la cárcel como mínimo. Durante el horario permitido se podía salir de forma individual únicamente a comprar comida. Los hombres podían salir los martes jueves y viernes y las mujeres los lunes, los miércoles y los sábados y los domingos estaba totalmente prohibido salir a la calle. Había militares por todas partes.

Por suerte, antes de este severo confinamiento llegamos a la casa donde habíamos hecho el voluntariado y seguimos con nuestra tarea de cuidar sus caballos. Pero Ferran, mi pareja, sufre de asma, uno de los factores que puede agravar más la enfermedad causada por el coronavirus,  de modo que nos vimos obligados a tomar la decisión de volver lo antes posible a Barcelona.

Empezamos con los trámites. El primer paso era llamar al consulado e informar de que estábamos en Perú y queríamos volver a España. Las líneas estaban completamente colapsadas. Estuvimos llamando durante varios días, pero no obteníamos ninguna respuesta. También enviábamos correos electrónicos, pero nos rebotaba una respuesta automática: regístrese aquí.

Mis padres desde Barcelona también investigaron por todos los medios y consiguieron que un representante de la Generalitat de Catalunya en Buenos Aires se pusiera en contacto con nosotros para informarnos sobre lo que estaba pasando, lo que teníamos que hacer y con quién teníamos que hablar.

El primer paso era seguir insistiendo al consulado: era la única forma de obtener el permiso para volver. Tras semanas de insistir, recibimos respuesta por correo electrónico: un autobús salía del sur de Perú y se dirigía a Lima. Recibimos también un salvoconducto que nos permitía desplazarnos para llegar a este transporte. Aún así, los anfitriones del voluntariado consiguieron que un coche patrulla nos acompañara hasta el punto donde teníamos que coger el autobús.

En el autobús, todos los viajeros tenían que llevar puesta la mascarilla FP2.

En el vehículo había suficientes espacios vacíos como para mantener las distancias de seguridad, pero a los cinco minutos de trayecto nos informaron de que el autobús que salía justo detrás del nuestro se había averiado. Tuvimos que dar marcha atrás para recogerlos, y está vez el autobús iba tan lleno que algunos se sentaron en el suelo. Adiós a la distancia de seguridad.

La siguiente condición que ponía el gobierno para poder conseguir el permiso era pasar una noche en el hotel Meliá de Lima. Las noches siguientes hasta la salida del avión nos alojamos en otro más barato porque no podíamos permitirnos dos semanas en el Meliá.  Todavía no sabíamos que vuelo cogeríamos para volver.

Estuvimos una semana encerrados en la habitación, esperando que nos asignaran alguno hasta que por fin nos llamaron de la embajada para informarnos de que, probablemente, saldría un avión el día 9 de abril. Facilitamos nuestros datos y nos llamó Iberia para informarnos sobre el precio del vuelo. Como ya habían salido vario era razonable, de 390€, pero nos comentaron que los primeros, cuando todavía no estaba regularizado, habían llegado a costar 1.800€. El trayecto sería Lima – Madrid – Barcelona.

Finalmente el vuelo salió al mediodía del 10 de abril. Tras cinco largas horas de trámites y espera en la embajada llegamos al aeropuerto militar de Lima. Nos sentaron en hileras de sillas separadas por la distancia de seguridad de dos metros y nos dieron nuestro billete de avión: un papel blanco con un garabato rojo en medio.

Ariadna, preparada para coger el avión, coge con guantes de plástico el billete de vuelo.

El uso de mascarillas y guantes era obligatorio durante todo el vuelo tanto para los viajeros como por la tripulación. Todos los asientos estaban llenos de modo que era imposible mantener la distancia de seguridad. Al principio todo era muy extraño, nos mirábamos entre todos y estábamos atentos a nuestros movimientos. A las 5 horas, cuando nos dieron la comida, todos nos quitamos las mascarillas.

Los aeropuertos daban lástima. No había nadie, todo estaba cerrado a pesar de ser mediodía. En las pantallas, que normalmente están llenas de vuelos, aparecían solo cuatro.

A las 14:00 del 11 de abril llegamos a Barcelona. Estábamos muy tristes por la situación general y por haber tenido que regresar a la fuerza. También teníamos miedo, con todo lo que habíamos oído nos imaginábamos una Barcelona apocalíptica.

Nos dirigimos a coger el metro. Los pasillos y  andanas estaban vacíos. Salimos en Plaza de Catalunya para coger nuestro transporte a casa. Caminamos gran parte de Paseo de Gracia hacia arriba y fue horroroso. En uno de los lugares más transitados de la ciudad no había ni un alma”.

Ariadna Grau

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